¿Cuál es la postura de un siervo?

foot_washingUna de las grandes personalidades del s. XX, fue la mundialmente conocida y admirada madre Teresa de Calcuta. Toda una vida de servicio abnegado a los más pobres de entre los más pobres del mundo es, no cabe la menor duda, algo digno de admiración; porque lo que impera en nuestro mundo, no es precisamente la actitud o la disposición de servirnos unos a otros, sino más bien la de servirnos los unos de los otros. Con la muerte de Teresa de Calculta, el 5 de Septiembre de 1997, el mundo se quedaba sin uno de los testimonios de amor humano más conmovedores en la historia. Y es que, como escribía alguien a los pocos días de su muerte, valores como “la bondad, la amabilidad o el amor [aún en medio de un mundo tan fragmentado como en el que vivimos], siguen siendo reconocidos cuando se manifiestan en la Historia.” Pero nuestros ojos no se pueden detener en Calcuta, sino que han de ir más allá, mucho más atrás en la historia; pues el verdadero testimonio de amor que ha impactado al mundo, e incluso influenciado e inspirado la vida de servicio de tantas y tantas personas a lo largo de la historia (incluidas entre ellas la madre Teresa de Calculta), lo encontramos en la Palestina del primer siglo, en la persona concreta de Jesús de Nazaret. 

En el evangelio de Juan, capítulo 13, leemos cómo pocas horas antes de su muerte mientras cenaba con sus discípulos, Jesús, ante el asombro de todos,  “se levantó de la mesa, se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua  en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura.”  Más adelante en los versículos 34 y 35 les dice las siguientes palabras: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Así como yo os he amado, también vosotros debéis amaros unos a otros. De este modo, todos sabrán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros.” Pero, como dice el dicho: “obras son amores y no buenas razones.” O como el mismo Juan nos recordará años después en I Juan 3:18: “no amemos sólo de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y en verdad.”Es por ello que Jesús nos dejó constancia, por medio de una acción concreta, de cómo hemos de amarnos… esto es, sirviéndonos unos a otros, lavándonos los pies los unos a los otros; De esta manera, mostrando una verdadera actitud de siervos los unos para con los otros, el mundo sabrá que somos sus discípulos, si tuviéremos amor los unos con los otros.

Según el testimonio, no sólo de las cartas pastorales, sino de todo el Nuevo Testamento, las iglesias del s. I estaban dirigidas por dos tipos de lideres: los ancianos y los diáconos. Los ancianos, pastores u obispos (el término tal y como se usa en el Nuevo Testamento se refiere a un mismo oficio), eran los encargados propiamente del ministerio de la Palabra. Es decir: predicación y/o enseñanza. Mientras que los diáconos, como su nombre indica, servían a la iglesia administrando o supliendo a nivel material y (cumpliendo en sus vidas la enseñanza de la Palabra impartida por los ancianos), estimulaban y lideraban con su ejemplo de servicio al resto de la congregación. En Hechos 6, leemos cómo al aumentar el número de las personas que se iban añadiendo a la iglesia, surge un problema entre la facción judía y la facción griega de aquella primera iglesia por una supuesta injusticia en la distribución de los alimentos para las viudas de cada grupo; “así que los doce reunieron a toda la comunidad de discípulos y les dijeron: no está bien que nosotros, los apóstoles descuidemos el ministerio de la palabra de Dios para servir (diaconar) las mesas. Hermanos, escoged de entre vosotros a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu y de sabiduría para encargarles esta responsabilidad. Así nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la palabra.”

De modo que el primer equipo de “diáconos” lo establecieron los mismos apóstoles, para que dedicándose ellos de lleno al ministerio de la palabra, las necesidades materiales de la iglesia no quedaran desatendidas. Pues el impacto que habían de hacer (y de hecho estaban haciendo en el mundo) gracias precisamente a la predicación de la palabra, no podía verse desacreditado por una supuesta injusticia en la distribución de los alimentos para un sector tan delicado como lo eran las viudas. Los diáconos, escogidos por la congregación de acuerdo a los requisitos marcados por los apóstoles (de buena reputación, llenos del Espíritu y sabiduría), habían de liderar a la iglesia en el ministerio de la misericordia, en el servicio práctico, en el ejercicio de ese amor que Jesús nos dejó como un mandamiento; para que amándonos unos a otros, cuidando unos de otros, supliendo las necesidades los unos de los otros, el mundo vea que somos sus discípulos.

Volviendo al texto de I Timoteo 3 vemos que los versículos del 8 al 12 prácticamente vuelven a repetir los mismos atributos o cualidades que Pablo cita previamente en relación a los ancianos. Pero diáconos y ancianos son ministerios distintos; aunque en no pocas ocasiones se tiende a confundirlos. Posiblemente, la confusión venga de distinguir al anciano del pastor (cuando estos dos nombres en realidad se refieren a un mismo ministerio); entonces atribuimos a los ancianos las funciones de los diáconos y viceversa, cuando el texto es bien claro en distinguir un ministerio del otro. Porque, aún cuando las cualidades morales para ser anciano y diácono son las mismas; pues ambos deben ser: irreprensibles, maridos de una sola mujer, que gobiernen bien sus casas (hijos), sin doblez de vida (íntegros), honestos, no dados a vicios (vino y otras sustancias tóxicas), no codiciosos de ganancias deshonestas. No obstante, de los diáconos no se requiere que sean aptos para enseñar, lo cual no significa que el individuo no tenga tal don para la enseñanza. Pero éste no forma parte esencial de su llamado como diácono, pues el ministerio de la Palabra es el ministerio o función que propiamente distingue al pastor/anciano.

John MacArthur, en un artículo en el que comentaba su papel como líder en la iglesia a la luz de I Timoteo 3, declaraba: “Si tuviera que definir mi labor como pastor y anciano, lo resumiría con las siguientes palabras: enseñar, ganar, capacitar y enviar. Todo lo que tengo que hacer es enseñar la Palabra de Dios, ¿por qué? Para ganar gente para Cristo. Y una vez en Cristo, capacitarlos con la misma Palabra para que crezcan en la fe, ¿por qué? Para así poder enviarlos y que hagan con otros lo mismo.”Sin embargo, la función del diácono es otra, y se desarrolla bajo el liderazgo de los ancianos, lo cual no significa (bajo ningún concepto) que sea de menor importancia. El diácono es, básicamente un modelo por excelencia del servicio cristiano a Cristo y a su iglesia.

Pero, todos somos ministros en Cristo, ¿no es así? Cierto, todo el mundo en la iglesia sirve o ha de servir de alguna manera. Algunos lo hacen con dones específicos, como técnicos, voces de la coral, limpiando, cocinando, arreglando los desperfectos, etc. Todos estamos llamados a servir aunque sea en el anonimato; pero algunos de entre nosotros están llamados a hacerlo desde un lugar de servicio público, como el caso de los diáconos, pues con su servicio animan, estimulan y lideran a la iglesia hacia un amor práctico de servicio mutuo. Y es que así como el pastor o anciano capacita, apuntando a la iglesia hacia la sana doctrina de la Palabra (no sólo de palabra, sino también con el ejemplo de una vida en sometimiento a esa misma Palabra), así los diáconos ejemplifican y de esta manera edifican a la iglesia con su servicio, que facilita la labor pastoral, coordina o atiende las necesidades materiales de la congregación y sirve desinteresadamente a la comunidad con un ejemplo cristiano que testifica del amor de Dios y de la salvación y de la transformación de vida (la vida abundante) que Dios nos ofrece en Cristo Jesús. Y esta obra diaconal es muy honrosa, concluye Pablo en el versículo 13, porque nos recuerda cual ha de ser nuestra postura como discípulos de Cristo: lavándonos los pies los unos a los otros.

“Los últimos serán los primeros,” “el que se humillare, será exaltado.” Estas fueron algunas de las palabras que Jesús dijo a sus discípulos, para inculcar en ellos un corazón de siervos. “Pues el Hijo del Hombre (decía el mismo Jesús en otra ocasión refiriéndose a sí mismo) no vino a ser servido, sino a servir, dando su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28). Por eso es que el apóstol Pablo escribe a los Filipenses, en el capítulo 2 de aquella carta las siguientes palabras que no solamente van dirigidas a ellos, sino a toda la iglesia de Cristo en todo tiempo y lugar:

Por tanto, si hay algún consuelo en Cristo, si algún estímulo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por rivalidad o por vanidad; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo. No busquéis vuestro propio provecho, sino el de los demás. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres. Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios también lo exaltó sobre todas las cosas y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

Esta es la honra del ministerio (servicio) diaconal. Que desde la humildad (casi diríamos desde la bajeza) del servicio, busca exaltar a Cristo. Por eso es que los diáconos deben guardar el misterio de la fe con limpia conciencia (v. 9); es decir, que aún cuando su función no es el ministerio de la palabra, deben estar firmemente establecidos en la palabra, pues la iglesia no es una ONG (Dios quiere que el ministerio diaconal de la iglesia fluya de la sana doctrina); no sólo por buenas o encomiables razones humanitarias. En otras palabras, el servicio cristiano tiene como propósito exaltar a Cristo y presentarlo al mundo para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor.

Al hablar de liderazgo, es importante entender y asegurarnos de que la gente entienda que los lideres y siervos especialmente ordenados (ancianos y diáconos) han sido dados como bendición a la iglesia para su edificación,  para su capacitación y para hacer más efectiva su misión o tarea de proclamación de la salvación de Dios al mundo en Cristo Jesús. Tanto el ministerio pastoral como el ministerio de la diaconía son vitales para el testimonio evangelístico de la iglesia. Pues no sólo por nuestra santidad, sino también por el amor que nos tengamos unos a otros, el mundo sabrá que somos discípulos de Cristo. Tener pues, entre nosotros, el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús; significa lavarnos los pies los unos a los otros y reconocer a aquellos de entre nosotros que con su ejemplo de servicio nos animan y estimulan para que adoptemos la postura de siervos. Si esto es así, no habrá de pasar mucho tiempo antes de que el mundo a nuestro alrededor empiece a notar que algo extraordinario está pasando entre nosotros pues, como decíamos al principio refiriéndonos al testimonio de la anciana Teresa de Calcuta: cuando la bondad, la amabilidad o el amor se manifiestan [aún en medio de un mundo tan fragmentado como en el que vivimos], ninguna de estas cualidades pasan inadvertidas, sino que hacen sentir su impacto en las conciencias.

 Proclamar con fidelidad y vivir con autenticidad el evangelio significa impactar al mundo a nuestro alrededor con un testimonio coherente de amor que no solo descansa en la palabra, sino que se manifiesta en el servicio mutuo.

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