Existo, luego alabo

“El hombre según su condición no es más que un animal religioso”                       (Edmund Burke)

200395417-001Hay muchas frases celebres que, como la de Burke, afirman de una manera u otra que el hombre es un animal (y razón parece no faltarles) por naturaleza distinto al resto de los animales. Bien se dice del hombre que es un animal político, el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, el único cuya existencia de sí mismo representa un problema o, tal y como sugiere la raíz etimológica del término hombre en griego (ánthropos), el hombre es el único animal que por naturaleza mira (eleva su rostro) hacia arriba. Sin duda, esta última frase nos habla tanto de la característica única del hombre de admirar y sorprenderse ante el mundo que le rodea, como de la necesidad básica que el ser humano tiene de trascender de sí mismo. Hemos sido creados para adorar.

Una de las primeras -y últimas- conclusiones a las que llegamos cuando leemos la Biblia es que todo cuanto existe ha sido creado para manifestar la gloria de Dios. La lectura del libro de Salmos es uno de los lugares clave donde esta idea es enseñada con más claridad (el Salmo 19:1 es sólo un ejemplo al que podemos referirnos).

Pero, la creación no sólo pone de manifiesto la gloria de Dios, sino que Dios mismo espera (ordena sería la expresión más exacta) que toda la creación reconozca, proclame y rinda honor al Dios de gloria. En otras palabras, que toda la creación alabe a Dios (Salmos 148). Y si Dios “espera” que toda la creación le alabe, como no habrá de “esperar” que su pueblo le alabe con mucha más razón. De hecho, el último versículo del Salmo 148 ya lo dice bien claro: “Alábenle todos sus santos, los hijos de Israel, el pueblo a él cercano.” Pero, por aquello de que no se diga (por si todavía a alguno se le escapa el detalle), todo el capítulo 149 no hace otra cosa sino enfatizar una vez más la idea de que la alabanza de Dios es lo propio y requerido del pueblo de Dios. También Isaías 43:6-7 repite la misma idea: “trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado…”

Ya en el Nuevo Testamento, textos como Efesios 1:3-12 nos ayudan a entender aún más el propósito de nuestra razón de ser como iglesia (nuestra identidad), precisamente en términos de alabanza. Según los versículos 5 y 6, Dios nos escogió en Cristo, según su voluntad, “para la alabanza de la gloria de su gracia.” De nuevo, en los versículos 11 y 12 Pablo aclara que si en él tenemos herencia, en base a que hemos sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según su voluntad, es “a fin de que seamos para alabanza de su gloria.” Y por último, en los versículos 13 y 14, de nuevo leemos que si hemos creído y, por lo tanto, hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa, es “para la alabanza de su gloria.”

Por lo tanto, ya que Dios nos ha creado y nos ha salvado para su gloria y para su alabanza, ésta debe ser la característica propia de nuestra existencia al haber sido creados con la capacidad natural de mirar hacia arriba… como individuos y, como no, también como iglesia. De ahí que el Salmo 150 nos anime a expresar esta alabanza en su santuario (ese lugar/momento especialmente apartado en el que su pueblo se reúne para rendirle culto). Y cuando nuestro culto es racional (Romanos 12:1), cuando encontramos satisfacción (disfrutamos) en él, como el Salmo 37:4 nos exhorta, entonces podemos estar seguros que Dios habita en medio de la alabanza de su pueblo.

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