¿Qué es el evangelio? II

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2) El evangelio es gracia, no mérito

Acabábamos la primera entrada de esta serie de tres diciendo que el evangelio es la noticia de lo que Dios ha hecho para cumplir la salvación a través de Jesucristo en la historia. El evangelio no son instrucciones acerca de lo que debemos hacer para alcanzar a Dios, sino la buena nueva de lo que Dios ha hecho para alcanzarnos con su salvación (Juan 3:16). La respuesta que se espera y demanda frente a la buena nueva anunciada es nuestra aceptación, sujeción y que creamos esta palabra del evangelio para que así podamos obtener vida eterna (Juan 17:3). Esto nos lleva al segundo concepto clave en el que afirmamos que el evangelio es gracia, no mérito.

Juan 17:3 nos dice que la vida eterna es conocer a Dios; pero el testimonio de las Escrituras es muy claro en lo que se refiere a nuestra incapacidad de conocer a Dios. La lectura de un texto como Romanos 1 es de por sí sola lo suficientemente clara como para alejar cualquier duda que podamos tener al respecto. Como muestra, sólo basta leer los versículos del 18 al 25 de ese primer capítulo a los Romanos.

En otro contexto, el salmista escribía “Dice el necio en su corazón, no hay Dios.” El mismo Pablo en Romanos 3:11 (haciéndose eco de las palabras del salmista) escribe: “No hay justo, ni aún uno; no hay quien entienda (es decir, no hay quien sea capaz comprender o de conocer), [en definitiva] no hay quien busque a Dios.” Por eso, continua en el versículo 17, “no conocieron camino de paz” [pues] no hay temor de Dios delante de sus ojos.” Y según Salomón (de acuerdo a la Biblia, el hombre más sabio que ha habido sobre la faz de la tierra), el principio de toda ciencia, conocimiento o sabiduría está en temer a Dios.  Pero, ¿ qué es el temor a Dios? ¿Tal vez miedo?, no exactamente. ¿Respeto?, posiblemente sea algo más. ¿Reverencia?, creo que de todos modos nos quedamos cortos.

Pablo, en Romanos 3:19, continúa escribiendo lo siguiente: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios…” Creo que aquí encontramos una buena ilustración (a falta de definición) de lo que es el temor a Dios: bocas cerradas -no excusas, no auto-justificaciones innecesarias, sino silencio- y sumisión a la sentencia pronunciada por Dios; temblar ante su majestad y enmudecer frente al brillo radiante de su gloria. Él es justo, nosotros no; él es santo, nosotros pecadores; él demanda perfección, nosotros vivimos esclavos en nuestra propia miseria; y nuestras buenas acciones, incluso las mejores… delante de Dios no son más que como trapos de inmundicia (Isaías 64:6).

Una traducción literal de la expresión “trapos de inmundicia” sería “trapos sucios.” Pero si quisiéramos ser un poco más precisos, reflejando las costumbres sociales de aquellos tiempos, sería más apropiado hablar de “toallitas higiénicas” (si no queremos ofender los oídos de nadie) o, si lo que queremos es hablar de forma que se nos entienda (que es como la Biblia fue escrita) a lo que “trapos de inmundicia” se refiere es, hablando en plata, a papel higiénico o a compresas usadas. Sin duda, la imagen es grotesca, pero eso es lo que Dios dice que son nuestras mejores acciones (nuestras mejores obras), cuando las presentamos delante de él como moneda de cambio para de alguna manera, ganarnos su favor, el cielo o la salvación sin tener que pasar primero por el mal trago de reconocer nuestra incapacidad total delante de él.  

Sin embargo, la enseñanza bíblica es que el hombre es incapaz de llegar a Dios; 1º porque no le busca y 2º, en el caso de buscar algo, lo que busca no es en base a la verdad del evangelio que es el anuncio de la buena nueva de lo que Dios, en Cristo Jesús ha hecho; sino en base a un sistema de instrucciones y remedios caseros alrededor del cual el hombre se construye sus propios medios (como si de una escalera se tratara) para alcanzar su propia salvación. Pero el evangelio no es que nosotros busquemos y seamos capaces de encontrar a Dios o la salvación por nuestros propios medios, sino que Dios en Cristo Jesús “vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). 

Pero, ¿cómo obtenemos conciencia de estar perdidos? ¿Cómo sabemos o adquirimos conocimiento de nuestra necesidad de Dios? ¿Dónde aprendemos de nuestra incapacidad de Dios, de nuestro pecado y de nuestra indignidad frente a un Dios que es santo, puro y glorioso? ¿Dónde aprendemos que nuestros méritos son insuficientes, que nos quedamos cortos, que no damos la talla exigida por Dios y que por lo tanto, dejados a nuestros propios medios jamás alcanzaremos, sino más bien quedaremos fuera, destituidos de la gloria de Dios? ¿Dónde y cómo aprendemos todo esto sino a través de la palabra de Dios mismo, su auto-revelación? Por eso Pablo concluye en el versículo 20 de ese capítulo 3 diciendo: “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.” 

Pero gracias a Dios, su revelación no queda limitada… en el sentido de que no acaba sólo en la Palabra (la ley y los profetas), sino que alcanza toda su plenitud  en la Palabra Encarnada que es Cristo, Dios hecho hombre para nuestra salvación. De manera que no somos nosotros subiendo la escalera, sino Dios en Cristo Jesús quien la baja para encontrarnos en nuestra impotencia y por sus méritos, no los nuestros; por su justicia, no la nuestra; por sus obras, no las nuestras, darnos vida. Dios, en Cristo Jesús, nos provee de un salvador que vive por nosotros la vida perfecta que jamás podríamos vivir, y muere por nosotros (sin merecerlo él) la muerte indigna que cada uno de nosotros merecíamos morir. Esto es el evangelio de gracia, en contraste con la religión de méritos a la que tendemos por naturaleza.

A estas alturas, no nos debería costar ver la coherencia y la consistencia entre el anuncio de la buena nueva -la noticia del evangelio- y la manera en que éste impacta en nuestras vidas de acuerdo al énfasis, no de lo que nosotros hagamos, sino de lo que Dios, en Cristo Jesús ha hecho. Pues, a pesar de no buscarle, él nos ha encontrado; a pesar de nuestra injusticia, en Cristo hemos sido declarados justos; aún cuando todavía éramos sus enemigos, él dio su vida por nosotros para que a través de su muerte, nosotros que estábamos muertos en nuestro pecado y nuestra rebeldía, obtuviésemos vida; para que nosotros que no conocíamos a Dios (incapaces por nuestros propios medios), llegásemos, por fin, a conocerle. Por que en Cristo Jesús, Dios (en su gracia) se nos ha revelado. Y esa gracia, operando en nuestras vidas (a través de su Palabra y por medio de la acción de su Espíritu) es la que nos mueve primero a ver nuestra necesidad, nuestra verdadera condición espiritual y acto seguido a reconocer en Cristo al único en quien tenemos salvación. 

Todo esto, Pablo nos dice, “es por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe.” O como dice en I Corintios 4:7,

Porque, quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?”

El evangelio es por gracia, no por mérito alguno que hayamos hecho.

* En la próxima y última entrada de esta serie hablaremos sobre cómo el evangelio cambia al débil en fuerte y al fuerte en débil.

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