El fin de la carrera

carros-de-fuegoEn las palabras de Filipenses 3:7-14, el apóstol Pablo se describe a sí mismo como un atleta a la carrera; avanzando hacia la meta, para conseguir el premio tan preciado de ese llamamiento que ha recibido de Dios para ser conformado a Cristo o, tal y como él mismo lo expresa, “ganar a Cristo.” Por supuesto, esas mismas palabras, describen a todos y a cada uno de los que hemos creído el evangelio de Cristo. Nuestra meta en esta vida es conocerle, conformar nuestra voluntad, nuestro carácter, nuestras motivaciones, acciones, conversaciones y nuestras vidas por entero a él… “para ganar a Cristo.” Él es nuestra meta al final de esta carrera que es la vida.

Hoy, hace exactamente una semana me encontraba sentado frente al ordenador tratando de poner orden en pocas horas toda una serie de pensamientos y emociones, traducirlos en palabras, para que pudieran transmitir el mensaje de esperanza y de alegría no fingida que como cristianos podemos celebrar aún en el contexto de una despedida fúnebre. Hoy, hace una semana, despedíamos a un querido miembro de nuestra iglesia, Ramón Curto. Las palabras de esta entrada recogen la reflexión que quise compartir con la familia, los amigos y con la iglesia, acerca de la alegría que como cristianos tenemos cuando vivimos mirando hacia la meta del descanso y la paz que Dios nos ha dado en Cristo.

Una frase que utilizamos a menudo y que, precisamente, expresa esta idea a la que antes hacia alusión de entender la vida como un esfuerzo, como un camino difícil o como una carrera (en la que vamos sorteando obstáculos, afrontando problemas y superando dificultades), es esa frase que pronunciamos cuando alguien llega al final de sus días -especialmente después de una larga enfermedad- al decir aquello de: “Ahora descansa” ¿verdad? Y es cierto, la lucha ha llegado a su fin, la carrera de obstáculos ha finalizado, y ya no hay más dolor… “ahora descansa.”

Pero, aunque es verdad que con la muerte, en un sentido u otro, a todos nos llega el descanso; de acuerdo al evangelio, aún en vida (incluso en medio del dolor y el sufrimiento) podemos experimentar el autentico y verdadero descanso. Eso es exactamente lo que Jesús nos ofrece cuando en el Evangelio de Mateo nos dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.”

“Venid a mí y descansad”… todos estamos trabajados, cargados y desesperadamente necesitados de aligerar la carga que llevamos a cuestas… pero no hace falta esperar al final de tus días (nos dice Jesús), no esperes a morir para que entonces la gente pueda decir (como seguramente tú también has dicho en alguna otra ocasión al despedir a un amigo o familiar) “ahora descansa”. En Jesús, hace ya muchos años Ramón encontró descanso aún estando en vida, incluso en medio del sufrimiento de los últimos años… su descanso era Cristo, él aligeró su carga y aligerará también la tuya si confías en sus palabras: “Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”

Curiosamente, en la Biblia la palabra descanso va estrechamente ligada a una idea festiva, de reposo y de paz… ese concepto del shalom que es la completa armonía del hombre en su relación con Dios, con el prójimo, con el entorno y consigo mismo. Y tratando de reflejar este principio, una de las expresiones litúrgicas del Oficio de los difuntos de la Iglesia Católica es la conocida frase en latín requiescat in pace (RIP) “Descanse en Paz.” ¿Por qué en paz? ¿En paz con quién?

No es suficiente, al llegar al final de nuestros días, descansar del trabajo y de la carrera de esta vida, sino poder hacerlo en paz, en armonía, en sintonía con Dios, con el prójimo y teniendo incluso paz con uno mismo… sin remordimientos, sin culpas; sintiéndonos justificados… no por nuestra propia justicia, sino por la justicia de otro. Aquí, de nuevo, vemos que Jesús, no sólo es nuestro descanso, sino también nuestra paz… tal y como leemos en Efesios 2:12-16

Y esa paz -como el descanso- también es una realidad que podemos empezar a disfrutar aquí y ahora… tal y como Ramón la disfrutó cuando aún lo teníamos aquí entre nosotros… Aunque ahora sabemos que su disfrute es aún mayor, pues ya no experimenta los impedimentos, ni las limitaciones que a nosotros todavía nos condicionarán por un tiempo como criaturas caídas en un mundo caído.

Pero el evangelio nos habla no sólo de la esperanza, sino también de la realidad de la restauración de todas las cosas (incluidos nuestros cuerpos) para entrar en ese descanso y esa paz eterna a través de Cristo. Y este es nuestro gozo… el motivo de nuestra alegría en medio del dolor… la razón por la cual,  a pesar del dolor de la despedida, podemos escuchar sin cinismo las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 4:4-7 que nos animan (como Ramón también nos animaba incluso en sus momentos más delicados) a vivir con alegría, mirando hacia la meta del descanso y la paz que Dios nos ha dado en Cristo.

Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”  

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