¿Qué es el evangelio? III

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3) El evangelio cambia al débil en fuerte y al fuerte en débil

Después de haber estado considerando qué es el evangelio en las dos entradas previas (I y II) de esta serie de tres; por último, hoy vamos a ver de qué manera el evangelio invierte y trastorna el orden de las cosas tal y cómo las percibimos con nuestros sentidos… pues, el evangelio cambia al débil en fuerte y al fuerte en débil.

Las palabras de Pablo no dejan lugar a dudas: para el mundo la palabra de la cruz, es decir el evangelio, es locura y todo cuanto tenga que ver con esta palabra: la predicación, la doctrina, la ética o el estilo de vida que de ella se desprende, todo, es percibido igualmente como locura. En un mundo donde lo que impera es el entretenimiento, la diversión, el show o el espectáculo y no la información, la verdad es que las buenas nuevas del evangelio no son lo suficientemente atractivas como para llamar nuestra atención… simplemente, no son noticia. Como lo que ocurrió en la polémica inauguración de los pasados Juegos Olímpicos de Beijing, donde al final resultó ser que la niña guapa que cantaba lo hacía con la voz prestada de la menos guapa, y las imágenes que se veían en directo en todo el mundo eran imágenes en diferido de algo que (supuestamente) ya se había grabado días antes. Todo, con tal de asegurar el espectáculo… pues de eso se trata, de dar una buena imagen, de no quedar mal ante el mundo, de no ser menos que nadie. Pues de eso es de lo que precisamente van las olimpiadas ¿no?; así por lo menos reza su lema: “Más alto, más fuerte, más rápido” (aquello de que “lo importante es participar” no es más que el consuelo de los perdedores).

Pero, no nos engañemos, “más alto, más fuerte, más rápido” no es sólo el espíritu de los Juegos, sino también el espíritu de nuestra época; el espíritu de este mundo en el que lo que impera es la ley del más fuerte, en la que el pez grande se come al chico, los guapos y las guapas triunfan, los más listos siempre se salen con la suya y los ricos prosperan. Sin embargo, Pablo en I Corintios 1:19 nos habla del evangelio a partir de una cita del libro de Isaías de forma inequívoca: “Destruiré la sabiduría de los sabios y frustraré la inteligencia de los inteligentes.” “¿Dónde está el sabio?” –se pregunta Pablo- “¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el que discute los asuntos de este mundo? ¿Acaso no ha enloquecido [girado, trastornado, vuelto de piés arriba] Dios la sabiduría del mundo?” Y un poco más adelante (v. 26), continua, “considerad, pues, hermanos, vuestra vocación y ved que no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte (es decir, que se las dé de listo) en su presencia.”

A estas alturas, no resulta muy difícil darse cuenta que cada uno de los conceptos clave que venimos considerando en esta serie, avanza y completa al que le precede. Pues en base a que el evangelio no son instrucciones sino la buena nueva de lo que Dios ha hecho para garantizar nuestra salvación en Cristo, podemos entonces entender mejor el concepto de que el evangelio no son nuestros méritos sino la gracia de Dios que, en Cristo Jesús, nos declara justos y, a pesar de nuestro pecado y nuestra enemistad, nos reconcilia consigo mismo mediante el pacto de paz firmado en la cruz. Y es precisamente esta cruz la que Pablo ahora dice que el mundo menosprecia… para los judíos es escándalo y piedra de tropiezo, y para los gentiles una locura, ¿por qué? Porque el evangelio va en contra del espíritu Olímpico y en contra del espíritu de este mundo. El evangelio trastorna aquello que nosotros percibimos y creemos que debe ser, según el orden lógico de las cosas. Pues la lógica nos dice que es el más alto o el más fuerte el que merece o se espera de él que merezca la victoria, el triunfo; o el más rápido, el más guapo, el más inteligente o el más bueno o el mejor, el que no hace daño a nadie, el que no mata, el que no roba… se espera que sean estos quienes reciban la recompensa. ¿Os dais cuenta de qué estamos hablando? ¡Son méritos!

¿Cuántas veces lo hemos escuchado o incluso lo habremos dicho? Yo no mato, no robo, no hago daño a nadie… Aunque la Biblia dice que somos pecadores, que no hay justo ni aún uno, que nadie merece el cielo… nosotros, en cambio, no nos vemos tan malos como para merecer el infierno… y como Dios no responde a nuestras expectativas (pues la lógica nos dice otra cosa), entonces el evangelio se nos antoja exclusivista, extremista, radical, santurrón, bobalicón, para beatos, ofensivo, aburrido, demasiado serio; en definitiva, nada atractivo como noticia. La lógica nos dice que el poder es dominante, aplastante; la fuerza: arrolladora, victoriosa… pero el evangelio nos habla de un Dios que en la persona de Cristo Jesús se hizo débil, que ganó nuestra salvación no con una victoria, sino con una derrota estrepitosa; un Dios que en la persona de Jesucristo en lugar de ser servido, vino a servir y que su riqueza no está en obtener sino en entregarlo todo. Y según este evangelio, aquellos que reciben la salvación no son los que se ven a sí mismos como buenos, fuertes, perfectos… sino los que admiten que son débiles, pecadores y que fuera de la buena nueva de la gracia de Dios estarían aún muertos, sin vida para Dios.

A lo largo de esta serie hemos tratado de responder a la pregunta ¿qué es el evangelio?, a partir de tres conceptos clave que a continuación resumo para ir concluyendo este recorrido. En primer lugar, el evangelio es la noticia de que Dios, en Cristo Jesús, ha provisto para nuestra salvación. Es el anuncio de lo que Dios ha hecho, la victoria de Cristo, por medio de la cual obtenemos vida para con Dios. Como las mujeres de Atenas, ¿daremos crédito a la noticia?, o, al contrario, ¿desoiremos la buena nueva y continuaremos, de acuerdo al plan establecido, sellando así nuestra propia muerte?

En segundo lugar, el evangelio es gracia, no méritos. Nada hay en nosotros que podamos hacer para ganarnos el favor de Dios. No es en base a nuestra justicia, sino a la justicia de Cristo que somos justificados. No somos nosotros quienes le buscamos, sino él quien nos ha encontrado (cuando ni tan siquiera queríamos ser encontrados). No somos nosotros subiendo escalones de normas, reglas y preceptos que nos aproximan a Dios, sino Dios mismo en Cristo Jesús el que ha bajado para tener un encuentro personal con nosotros para que así podamos conocerle y conociéndole tener vida eterna.

Finalmente, el evangelio cambia al débil en fuerte. “Sólo se que no se nada” es la confesión del que reconoce que le queda mucho por aprender. El evangelio no es para sabios, ni fuertes, ni poderosos ni gente autosuficiente. El evangelio no es “Dios ayuda a quienes se ayudan”, sino más bien, Dios ayuda a quienes reconocen su necesidad, su debilidad, su dependencia, su pecado. “Los sanos no tienen necesidad de médicos, sino los enfermos” dijo en una ocasión Jesús. Si no somos capaces de reconocer nuestra enfermedad (a la luz de lo que la ley de Dios nos dice… pues “por medio de la ley es el conocimiento del pecado”); si nos sentimos fuertes, entonces, nuestra fortaleza será nuestra propia debilidad y nuestra perdición. Pero si en lugar de confiar en nuestra lógica, nuestro conocimiento, nuestras habilidades, nuestra fuerza y nuestros méritos; reconocemos nuestra incapacidad, nuestra debilidad y que sin Dios estamos perdidos… entonces podremos experimentar el tremendo poder de Dios, manifestado en la cruz del Calvario, para nuestra salvación.

Todos los sedientos, venid a las aguas; y los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad vino y leche sin dinero y sin costo alguno” (Isaías 55:1).

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