Saber Perder

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¡Ya es un hecho! El Barça ha empezado a cosechar el resultado de una temporada de ensueño. La primera de las tres competiciones al alcance de este gran equipo fue disputada la noche del miércoles frente a un gran Athletic que, si bien no fue rival en la cancha ante un demoledor Barça, sin embargo demostró (tanto el equipo como su afición) su grandeza al saber encajar de una manera realmente digna la dura derrota. Frente a un equipo como el Barça de Guardiola, la verdad es que es muy difícil ganar… pero los rojiblancos hicieron el más difícil todavía, dando una gran lección de deportividad, al saber perder.

La semana pasada acabé la lectura de un libro de esos que, tras leer la crítica, apuntas en tu “wish list” y esperas a que llegue el día en que puedas echarle mano. El libro en cuestión (ya lo delata el título de esta entrada) es el recientemente galardonado con el Premio a la Crítica, Saber Perder de David Trueba. La primera vez que “escuché” hablar de este libro, fue al leer una entrevista al autor publicada en la edición impresa de ADN, el 10 de marzo de 2008.

La verdad es que, después de esperar todo un año para poder leerlo, puedo decir que el libro me ha gustado (lo he disfrutado), aunque también me ha decepcionado, a partes iguales. Por supuesto, sería una obviedad hablar de la genialidad literaria de Trueba. El libro está lleno de frases, expresiones y juegos de palabras (dichas, insinuadas o intuidas) que son auténticas joyas; aunque no tanto o sólo por lo poético, sino también por lo prosaico, casi vulgar, de su origen y uso en el contexto de la novela. Paradójicamente, ese tono trivial al que Trueba recurre tan a menudo ha provocado que la lectura se me hiciera, por momentos, excesivamente larga, interminable, fatigosa y en algunos momentos incluso desagradable; pero a la vez me ha llevado a pensar en la genialidad con la que el autor capta la cotidianeidad de la vida. ¿De qué se compone la vida, sino de momentos de gloria (por breves que sean) y momentos de miseria? En este sentido, Saber Perder es… como la vida misma.

Según Trueba, lo que se propone en esta novela es explorar el conflicto existencial que todos experimentamos al confrontar la contradicción que nos produce “lo que somos, lo que desearíamos ser y cómo la gente realmente nos ve.” Frente a este dilema, Trueba concluye que entonces para sobrevivir “a veces vivimos en una mentira… por el miedo a la mirada de los demás.” Es decir, engañamos y nos engañamos con tal de poder ir tirando. Sabemos que somos imperfectos, que estamos llenos de carencias, faltos de talento; pero aún así vivimos aparentando como si no nos faltase de nada, como si lo tuviéramos todo, como si realmente estuviéramos llenos. Vivimos de cara a la galería. Creo que el siguiente fragmento, capta a la perfección la esencia de lo que esta novela trata trasmitir:

Su padre empequeñecido avanza por el pasillo y Lorenzo lo ve entrar en su cuarto. ¿Quién soy yo para juzgarlo? Si pudiéramos exponer a la luz las miserias de las personas, los errores, las torpezas, los crímenes, nos encontraríamos con la penuria más absoluta, la verdadera indignidad. Por suerte, piensa Lorenzo, cada uno llevamos nuestra secreta derrota bien adentro, lo más lejos posible de la mirada de los demás.”

Aunque no estamos ante una obra maestra que vaya a pasar a la historia como uno de los grandes hitos de la literatura; sin embargo, debido a su realismo, Saber Perder logra ese efecto que los expertos describen como “desnudar el alma” que actúa como un espejo en el que nos miramos para acabar encontrando (como es de esperar en un espejo) el reflejo -no el ideal proyectado- de lo que realmente somos.

Todo el universo que David Trueba recrea a partir de la historia entrelazada de los cuatro personajes principales de esta novela (unidos por el hecho común de experimentar algún tipo de pérdida), en realidad nos habla de la propia conciencia o percepción que tenemos de nosotros mismos… lo que somos; a partir de esa conciencia… de lo que desearíamos ser; y por último, de la percepción que otros puedan tener de nosotros… o cómo la gente realmente nos ve. Todo ello, en medio de sentimientos -tan ocultos como contradictorios- de culpa, orgullo, frustración, remordimiento, ira, resentimiento o vanagloria.

¿Quién soy yo para juzgarle?, se pregunta el hijo mientras observa cómo su padre se retira a su habitación con el caminar pesado y la actitud cabizbaja de quien se siente derrotado y sabe que ya ha sido juzgado… por su propia conciencia. Pero según la Biblia, si hay alguna cosa que debiera preocuparnos no es tanto la percepción subjetiva que tenemos de nosotros mismo, ni la percepción supuestamente objetiva que otros puedan tener de nosotros… sino la manera en la que Dios nos ve.

En Romanos 3:10-12 leemos como está escrito: no hay justo, ni aún uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno y todo ello, nos aclara un poquito más adelante Pablo, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (v. 23).

De acuerdo a estos versículos, la percepción que Dios tiene de nosotros es, en el mejor de los casos, preocupante; pues nos describe como injustos, necios, centrados en nosotros mismos en lugar de buscarle a él, depravados moralmente, por lo tanto, incapaces de hacer nada bueno… y todo ello a causa del pecado. No damos la talla, nos quedamos cortos… y lo interesante en todo ello es que en el fondo lo sabemos. Trueba lo confiesa en su novela… de alguna manera sabemos que somos imperfectos, que estamos llenos de carencias, faltos de mérito alguno. Pero aún así continuamos pretendiendo… viviendo una mentira que no  nos lleva a ninguna parte… por miedo a la mirada de los demás; pero olvidamos que la única mirada que realmente importa es la mirada de un Dios que demanda una justicia perfecta que en nosotros jamás podra ser hallada, pero que él mismo provee en Cristo para así, por medio de él, declararnos justos ante Dios (Romanos 3:24-26).

En una ocasión, Jesús dijo: No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido (Mateo 7:1-2). ¿Si no pasamos nuestro propio juicio, ¿cómo pretendemos pasar el juicio de Dios… si no es amparándonos en Cristo?

Ya hacia la parte final de la novela me llamaron la atención dos frases que aparecen en situaciones distintas y, aparentemente, totalmente desconectadas entre sí. En la primera (aunque el orden cronológico es inverso), el pastor de una iglesia evangélica afirma, “Hemos de saber que en esta vida sólo hay una cosa que todos nos merecemos: la muerte.” En la segunda frase, uno de los personajes de la novela piensa para sí, “No te olvides de que todo esto es sólo un atropello, se trata de salir con vida, nada más.”

La buena noticia del evangelio es que al final “saber perder” es ganar… no para sobrevivir, sino para vivir… no por nuestra propia justicia -frente a la mirada de un Dios justo- sino por la justicia que este mismo Dios nos ofrece en Cristo para que no muramos (como realmente merecemos), sino que vivamos en él y para él.

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