No se lo digas a nadie…

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Leía el otro día este artículo en el Periódico de Catalunya (enlace)

Agnósticos y creyentes (Juli Capella)

Un día recibí una llamada de Manuel Jalón, comandante de aviación e inventor de la fregona, me dijo si quería conocer a alguien más exclusivo que un rey o un presidente de Estado. Se trataba de un astronauta. Efectivamente, el club de la gente que ha orbitado por el espacio es mucho más reducido y selecto que el de mandatarios: apenas hay un centenar en todo el mundo. Se trataba del ruso Yuri Glazcov, discípulo y amigo de Yuri Gagarin, el primer cosmonauta de la historia. Frente a una paella en el Moll de la Fusta, Glazcov nos narró mil anécdotas. Entre ellas, lo que le sucedió a Gagarin al regresar del primer vuelo al espacio. Nikita Jruschov lo recibió como gran héroe nacional, pero en un aparte le preguntó muy intrigado si Dios existía. Gagarin dudó un momento y le confesó: “Camarada presidente, creo que sí”. “Bien, pues no se lo digas a nadie”, le ordenó el presidente de la URSS. Poco después, Gagarin también fue recibido por el pope de la Iglesia ortodoxa rusa, que, de forma confidencial, también le interrogó sobre si había visto a Dios, pues, a fin de cuentas, era el ser humano que había ascendido más alto hacia al cielo. Gagarin escenificó una tensa pausa y le dijo: “Creo que no”. A lo que el pope exigió: “Pues no se lo digas a nadie”. En la reciente trifulca de los autobuses con eslóganes ag- nósticos y católicos, cada cual intentaba convencer al prójimo. Pero los convencidos no buscan liberar a la persona, sino encajonarla, obligarla a definirse. Gagarin buscó el privilegio de plantear la duda oportuna contraria a cada poderoso. Jugó con ellos desbaratando su presunción. Pero recibió idéntico mensaje: cerrar el pico, no dudar.

Sin entrar a discutir sobre la veracidad de esta anécdota tan ilustrativa, me ha llamado la atención el último párrafo del artículo. Los que estamos convencidos del mensaje de Jesús, queremos predicarlo para que Dios sea reconocido como lo más precioso que hay, y porque creemos que es lo mejor para los demás… ¿o hay otras motivaciones? ¿Qué nos motiva a hablar de Jesús?

La actitud que nos describe el artículo es la que dice “¡esconde las opiniones divergentes!”  Se trata de una actitud basada en el miedo. La evangelización puede estar marcada por ese miedo, por la culpa (si no lo hago Dios me castigará), por el ansia de poder (si no somos más no tendremos influencia), por nuestra imagen (si mis hermanos no me ven evangelizar, ¿que pensaran de mi?…), por miedo al fracaso (si no lo hago bien no funcionará), etc.

Qué contradicción tan grande, un mensaje de libertad… transmitido por alguien esclavo del miedo, la culpa, etc.

Pero así somos los creyentes, personas llenas de contradicciones… Algunos detectamos estas actitudes en nuestra evangelización. Es bueno recordar que evangelizar no es intentar convencer a nadie. Es explicar, dar testimonio, de lo que Jesús hizo, sabiendo que somos instrumentos de aquél que es el único capaz de cambiar los corazones y las mentes de las personas. Usando los términos del artículo, no somos nadie para “cerrar el pico” a ateos, budistas, musulmanes, etc.

Jesús nos manda predicar el mensaje de salvación del que debemos estar convencidos si somos cristianos… sin asustarnos o pensar que el cristianismo se derrumba cuando otros pueden dar sus opiniones contrarias a la nuestra, o cuando los medios de comunicación “descubren” contradicciones en la Biblia, o cuando algún articulista de opinión critica a los creyentes… el avance del Evangelio y del Reino no dependen de estos elementos, sino de Dios mismo. Y nuestra tarea es tan simple -y a la vez tan complicada, como ser fieles a nuestro llamado con humildad y valentía (¡casi nada!)

Creemos que el evangelio es verdad, y creemos que debemos amar a los que no piensan lo mismo. Esta idea destroza en su misma base la tan temida “imposición” que tantas veces se ha llevado a cabo desde las religiones y desde las ideologías. Alguien dijo que la actitud del evangelista es la de un mendigo diciéndole a otro mendigo dónde ha encontrado pan. Esta es la evangelización del que ha recibido a un Dios lleno de gracia.

Las campañas pasarán, los eslóganes en los autobuses serán más o menos recordados, pero la evangelización entendida como una tarea diaria que consiste en palabras, pero en algo más que palabras, tiene consecuencias eternas.

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