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En esta entrada, las palabras de introducción que José de Segovia escribe en el Cuaderno de Evangelización que este año publica la Alianza Evangélica Española, escrito por Jaime Fernández, y que lleva por título “Pre-evangelización: Ideas y reflexiones para el trabajo evangelístico.”

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Tras la fachada de los entusiastas informes y las grandes estadísticas, hay una conciencia profunda de nuestro fracaso en la evangelización. Nunca ha habido tantas campañas misioneras y conferencias. Y sin embargo sabemos que no estamos alcanzando al mundo como debiéramos. Se han analizado, evaluado y probado todo tipo de sistemas y métodos, pero ninguno de ellos parece dar resultado. ¿Qué pasa con la evangelización? ¿Qué hace falta para ganar el mundo para Cristo?

“Si sólo los creyentes nos uniéramos”, piensan algunos, “el mundo estaría dispuesto a escuchar”. La verdad es que se han multiplicado los proyectos inter-denominacionales, desde mediados del siglo pasado. Y no parecen haber servido de mucho estos esfuerzos. El problema parece mucho más profundo.

Los productos del evangelismo moderno son con frecuencia tristes ejemplos de cristianismo. Nos encontramos con personas que han hecho una profesión de fe, pero que luego siguen viviendo como antes. Las “decisiones por Cristo” parecen significar muy poco. Sólo una pequeña proporción presenta evidencias de la gracia de Dios en una vida transformada. Ya que no basta con “pasar al frente”, confesar nuestras necesidades y pedir públicamente a Cristo que sea nuestro Salvador.

Ante la actual situación de incertidumbre a la que se enfrenta nuestro mundo hoy, no hay otra respuesta que la verdad eterna que no cambia. Vivimos una época de peligros, pero también de grandes oportunidades. Comunicar el Evangelio en una sociedad postmoderna como la nuestra no es tarea fácil. La iglesia es vista hoy como una secta más en ese enorme supermercado espiritual que supone el pluralismo contemporáneo. Es por eso que nuestro mensaje no puede ser una experiencia más que se pierda en el creciente relativismo de nuestro tiempo, sino la proclamación de la verdad absoluta de Cristo, que ha dejado su huella en la Historia, y de la que tenemos fiel testimonio en la Escritura.

Nuestra fe ha de ser comunicada por eso en el contexto de una iglesia local, basada en la Palabra de Dios, que predica a Cristo crucificado en el poder de su resurrección. Juntos sin embargo podemos hacer esfuerzos, como los que organiza la Comisión de Evangelización de la Alianza Evangélica Española, para ganar el interés de amigos y vecinos de nuestras comunidades. Muchas ONG pueden contribuir a paliar algunos de los males sociales, pero no pueden atajar el mal en sus raíces. Sólo la aceptación del Evangelio puede cambiar la mente, los sentimientos y la conducta del individuo y de la sociedad.

Aunque el Evangelio no puede ser modificado, el modo de presentarlo sí ha de adaptarse a las circunstancias particulares de la persona que escucha. No era lo mismo predicar a un auditorio mayormente judío que a uno de paganos, como muy bien lo entendieron Pedro, Esteban y Pablo (1 Co. 9:18-23). En la medida en que tengamos presente el modo de pensar y las circunstancias –religiosas o filosóficas– de quien ha de recibir el mensaje, aumentarán o disminuirán las probabilidades de que éste sea escuchado con interés.

[La tarea de presentar el evangelio en esta era postmoderna] debe hacerse dignamente, sin demandas de dinero, ni promesas engañosas. No cayendo en el reduccionismo, sino considerando toda la Escritura. Nuestra predicación evangelística ha de ser más expositiva. Ya que demasiado a menudo se presentan solamente las ofertas del Evangelio, silenciando las demandas. El llamamiento a la conversión es también llamamiento al discipulado.

En la época actual son muchas las iglesias preocupadas por la evangelización, pero también son muchas las que tropiezan con dificultades para llevar a cabo esta labor con éxito a causa del estilo de vida de la mayoría de sus miembros. Es imprescindible que el pueblo evangélico, cada iglesia, cada creyente, viva una vida cristiana más intensa, más auténtica. Es preciso que nos sacudamos el polvo y el barro del mundo que se nos ha adherido. Es urgente acabar con la tibieza espiritual, con el deseo de una vida fácil, con la rutina de una vida cristiana superficial, con las resistencias a comprometernos seriamente en la vida de iglesia y en la extensión del Evangelio, con el temor de ser demasiado cristianos. Todo lo que ahora sembremos, eso también segaremos.

También hoy sigue resonando la palabra divina que escuchó Isaías: “¿A quién enviaré y quién nos irá?” La Iglesia y el mundo necesitan que muchos cristianos digan como el profeta: “Heme aquí, envíame a mí” (Is. 6:8).

José de Segovia Barrón

Presidente de la Comisión de Teologia

de la Alianza Evangélica Española.

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