Sobre mitos y leyendas

Roger Smalling, en el quinto capítulo de su libro Liderazgo Cristiano escribe sobre el gran mito que muchos cristianos han creído acerca del liderazgo: “Cuando Dios quiere un líder, Él busca entre un grupo de hermanos y escoge aquel que tiene un especial don de sabiduría y una profunda espiritualidad. Esto explica porque Dios escoge algunos y no a otros.” El mito es creer que el líder es alguien que en sí y por sí mismo posee la grandeza (dones, habilidades o capacidad) necesaria para llevar a cabo la tarea de liderar al pueblo de Dios. Con razón, el apóstol Pablo se preguntaba Y para estas cosas ¿quién es suficiente?” (2 Corintios 2:16).

Precisamente, Smalling se fija en Pablo cuando en 1 de Corintios 15:10 declara: Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.” Por tanto, se pregunta Smalling, ¿merecía Pablo ser un apóstol? Está claro que la respuesta es no. Pues, fue la gracia de Dios solamente que lo llamó y lo calificó. Así que no hay función en el Reino de Dios (ya sea apostolado, liderazgo pastoral o servicio de diaconía) que podamos cumplir sin su gracia.

Uno de los grandes pensadores en el mundo de los negocios y de la empresa, Peter Drucker, escribía lo siguiente sobre el liderazgo: “No se trata de una personalidad magnética, eso puede ser sólo facilidad de palabra. Tampoco de hacer amigos o influir sobre las personas, eso es adulación. El liderazgo es lograr que las miradas apunten más alto, que la actuación de la gente alcance el estándar de su potencial y que la construcción de personalidades supere sus limitaciones personales.”

Como dice otra frase célebre sobre liderazgo, “Un hombre con ideas es fuerte, pero un hombre con ideales es invencible.” Pero nosotros, como cristianos (y nos lo confirma el ejemplo de grandes líderes de la historia bíblica como Abraham, Moisés, David o el mismo apóstol Pablo) sabemos que lo que hace grande a un líder no es su talla, ni su fuerza, sino la grandeza que reside… no ya en el ideal por el que lucha, sino en Dios mismo, quien le sostiene.

En el siguiente video, asistimos al discurso que William Wallace (Braveheart) dirigió a los hombres de Escocia; levantando su moral y haciendo de ellos un verdadero ejercito capaz de derrotar a un enemigo mucho más poderoso. No cabe la menor duda que Wallace fue un gran líder; pero su grandeza (como él mismo aclara de una forma bastante cómica en el discurso que sigue a continuación) no estaba en su talla o en sus capacidades físicas, sino en su lealtad a un ideal que lo trascendía. Wallace fue esa clase especial de líder que no prometió a sus hombres seguridad o bienestar, sino más bien todo lo contrario: sangre, sudor y lágrimas. Aún así, su legado es de leyenda.

Así, no debería extrañarnos que a la hora de afirmar el fundamento sobre el que habrá de construirse su iglesia, Jesús le diga a Pedro -líder entre líderes- “Quien quiera ser mi discípulo, primero tiene que negarse a sí mismo; tomar su cruz y estar dispuesto a seguirme” (Mateo 16:24). Por lo tanto, en su tarea, el líder cristiano no sobresale por sus capacidades o habilidades naturales, mucho menos por su talla o aspecto físico, como tampoco su edad ha de ser determinante (1 Timoteo 4:12). Lo que hace extraordinario a un líder cristiano es su pasión, devoción, fidelidad y seguimiento radical a Cristo; quien es Supremo para él y trasciende sobre cualquier otra cosa… por quien está dispuesto a renunciar a todo -incluso a la propia vida- con tal de tenerlo a él (Filipenses 3:8); porque Cristo no es sólo un ideal de vida por el cual valga la pena luchar… sino la vida misma y la razón de nuestra propia existencia.

Bien, espero que el discurso de Wallace (Mel Gibson) nos ayude y nos inspire a pensar de una forma cabal sobre dónde recae realmente la grandeza de un líder… y así vayamos dejando a un lado tantos mitos y leyendas  que circulan y distorsionan la manera en que deberíamos entender el liderazgo. William Wallace luchó por el noble ideal de la libertad de Escocia, nosotros hemos sido llamados a la tarea de proclamar las excelencias de Cristo. No hay una causa más noble por la cual luchar y ganar a otros para que se unan a nosotros en la batalla; ni tampoco un llamado más glorioso por el cual dar nuestras vidas.

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