El fin desde el principio (2 de 2)

Tal y como indica el texto bíblico (Isaías 46:9-13) con el que acabamos la primera parte de esta entrada, lo que Dios declara desde un principio es el fin de su maravilloso plan de salvación. Eso es lo que Dios le hizo saber a Abraham, “en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra” (Génesis 22:8); y gracias a Pablo sabemos que esta simiente es Cristo (Gálatas 3:16). También podemos comparar Isaías 11:10 donde se profetiza la salvación de los gentiles (etnias) con Romanos 15:12, donde se identifica esa raíz de Isaí -el padre de David- con Cristo. Él será la salvación de los gentiles.

¿Quiénes son estos gentiles que tienen su esperanza en el Mesías profetizado? Sin duda, la palabra gentiles se refiere a todos cuantos han formado, forman y formarán parte de esa multitud de pueblos y naciones que es la iglesia, reunida como un solo pueblo para rendir gloria, honra y adoración eterna a Jesucristo. Una mirada al futuro, a ese final de la historia que Dios ya anunció desde el principio, nos lleva al libro del Apocalipsis (literalmente, revelación), donde leemos:

Vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y vi un ángel poderoso que pregonaba a gran voz: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?” Pero ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni siquiera mirarlo. Y lloraba yo mucho, porque no se hallaba a nadie que fuera digno de abrir el libro, ni siquiera de mirarlo. Entonces uno de los ancianos me dijo: «No llores, porque el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos». Miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes y en medio de los ancianos estaba en pie un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Él vino y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. Cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Todos tenían arpas y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación…” (Apocalipsis 5:1-9).

El fin de la historia pondrá de manifiesto el plan original de Dios. Si el pecado afectó a toda la creación, las consecuencias del plan de salvación de Dios alcanzarán también a toda la creación. Como dice Piper en su libro La pasion de Jesucristo:

Cristo murió para salvar a una gran diversidad de pueblos. El pecado no respeta culturas. Todos los pueblos han pecado. Cada raza y cultura necesita reconciliarse con Dios. Como la enfermedad del pecado es mundial, mundial es el remedio. Jesús vio venir la agonía de la cruz y habló [con determinación] sobre el alcance de su plan.-Si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo (Juan 12:32). Al planear su muerte, abrazó al mundo entero… porque este era el plan original “en ti serán benditas todas las naciones de la tierra” o como dice el Salmo 22:27 “Se acordarán y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra, y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti”… Es por eso que en Lucas 24:46-47, ya al final de su ministerio (cuando apareció resucitado a sus discípulos) Jesús hizo explícita su misión: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (p.109).

Ésta es la realidad que los cristianos experimentamos cada vez que nos reunimos como iglesia, y es también la misión a la que hemos sido llamados… llevando y proclamando el nombre de Cristo entre las naciones… para que al final de los tiempos se ponga de manifiesto aquello que Dios mismo ya declaró desde un principio y el apóstol Juan anticipó en esa visión gloriosa de la eternidad a la que vamos. Que en Cristo Jesús, el Cordero inmolado, serán benditas las naciones y el nombre de Dios glorificado.

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