Predicando a Cristo

“De todo lo que yo pudiera enseñarles, éste es el punto central: predicad a Cristo siempre y por siempre. Él es todo el evangelio, su Persona, sus oficios, su obra, deben ser nuestro gran tema. El mundo necesita oír hablar de Cristo”. C.H.Spurgeon

SpurgeonRecientemente he finalizado la lectura de la biografía de C.H. Spurgeon, escrita por Arnold Dallimore, que nos acerca un poco más a la persona de Spurgeon y a su ministerio. Es una lectura muy interesante porque, citando a J. Oswald Sanders, “leer las vidas de grandes hombres y mujeres consagrados es encender el corazón de uno para con Dios”. Os recomiendo que consigáis una copia de este libro lo antes posible😉.

A continuación os transcribo una historia concerniente al ministerio de Spurgeon, en la que encontramos un ejemplo de vida y ministerio que da testimonio de Cristo.

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Durante la década de los 80, del siglo XIX, un grupo de ministros americanos visitaron Inglaterra, impulsados principalmente por el deseo de escuchar a algunos de los predicadores célebres de aquel país.

Un domingo por la mañana asistieron al City Temple, cuyo pastor era el Dr. Joseph Parker: alrededor de 2000 personas llenaban el edificio, y la enérgica personalidad de Parker dominaba el culto.

Tenía una voz impresionante, su lenguaje era descriptivo, su imaginación vivaz y sus gestos animados. El sermón era escriturario, y la congregación estaba embelesada con sus palabras. Los americanos salieron diciendo: “¡Qué maravilloso predicador es Joseph Parker!”.

Por la noche fueron a escuchar a Spurgeon en el Tabernáculo Metropolitano: el edificio era mucho más grande que el City Temple y la congregación dos veces mayor. La voz de Spurgeon resultaba mucho más expresiva y conmovedora, y su oratoria era notablemente superior.

Pero pronto se olvidaron del magnífico edificio, la enorme congregación y la estupenda voz de Spurgeon – y hasta se olvidaron de comparar los diversos rasgos de los dos predicadores, como se habían propuesto-. Al terminar el culto, se encontraron simplemente diciendo: ¡Qué maravilloso Salvador es Jesucristo!.

“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” 2 Corintios 4:5-6


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