Lecturas de verano… para la gloria de Dios (2 de 2)

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Después de una pausa (obligada por las vacaciones), hoy continuamos esta reflexión sobre algunas lecturas de verano que no deben alejarnos del propósito principal de nuestra existencia…  aún en medio de unas merecidas vacaciones, pues vivimos para la gloria de Dios.

Daniel Sempere, el nombre del personaje principal y narrador de la novela de Zafón, es un joven que vive confuso en medio de todos los acontecimientos en los que se ve envuelto en el ir y devenir de las relaciones que establece con toda una serie de personajes que van apareciendo a medida que se va desarrollando la trama de este fascinante relato. Pero a pesar de todo lo que ocurre a su alrededor, si hay algo que realmente confunde a Sempere son los entresijos y los pliegues que descubre en sí mismo, como la falta de lealtad, la cobardía y, especialmente, el egoísmo tan acentuado que aflora en él; especialmente, en dos incidentes que afectan directamente a dos de las personas más importantes en su vida, pero que le hacen ver que lo único que parece importarle de verdad en esos momentos es salvarse a sí mismo (instinto de autopreservación, podemos llamarlo así o, simplemente egoísmo).

Otro de los personajes en la historia, un padre alejado durante toda una vida de su propia vida, se lamenta ante Daniel (ya cuando es demasiado tarde) de su propio egoísmo con las siguientes palabras: “A veces nos creemos que las personas son décimos de lotería: que están ahí para hacer realidad nuestras ilusiones absurdas.” Curiosas las palabras de este personaje creado por Zafón, ¿verdad? Unas palabras que casi sin darnos cuenta nos trasladan de nuevo al planteamiento que nos presenta Max Lucado en su libro que, a la luz de la Palabra, lo que intenta es hacernos entender que esta vida no se trata de mí. Pues si bien es cierto que pasamos por esta vida creyendo que quienes nos rodean están ahí para hacernos felices, ¿hasta qué punto no es incluso aún más cierto que a menudo lo que hacemos es construir nuestra relación con Dios exactamente en esos mismos términos?

La verdad es que no importa mucho la imagen que utilicemos para describir la manera equivocada en que, a menudo entendemos, a Dios: un décimo de la lotería, el genio de una lámpara maravillosa o una especie de Papá Noel cósmico que está ahí, siempre a nuestra disposición, para respondernos inmediatamente y llenarnos de todo cuanto le pidamos. De alguna manera hemos construido nuestras vidas e incluso nuestra relación con Dios demandando las cosas a nuestra manera.

Como se puede leer en la contraportada del libro de Lucado, al habernos creído la gran mentira de que todo en esta vida se trata de mí, muchas veces nuestras oraciones a lo que suenan es a algo así como “quiero un esposo o una esposa que me haga feliz, y unos compañeros de trabajo que siempre pidan mi opinión… quiero un clima bonito, poco tráfico y un gobierno que sirva mis necesidades.” Pero ¿a qué suena todo esto sino a autopromoción, autopreservación y egocentrismo… a “todo se trata de mí; cuando nuestro propósito y meta en esta vida no es otro sino promocionar y engrandecer sólo el nombre y la gloria de Dios?”

Un ex-jugador de la NBA (conocido en su época como el almirante) David Robinson escribe en el prefacio del libro de Lucado las siguientes palabras: “Los equipos del campeonato de la NBA tienen algo en común: juegan con un objetivo en mente. Cada jugador aporta sus propios talentos y esfuerzos para que pueda alcanzarse el mayor objetivo: ganar. Pero los jugadores que buscan su propia gloria a costa del sacrificio de la gloria del equipo, alejan al equipo de poder lograr el éxito. Así ocurre con la vida. El objetivo no es nuestra propia gloria; de hecho, intentar hacer que la vida “se trate solo de nosotros” empuja la felicidad más lejos de nuestro alcance. [Pero] nuestra sociedad no está preparada o predispuesta para pensar de esa manera. Ahí fuera hay un mundo “centrado en el yo”, que destruye mucho de lo que debería ser bueno. Los matrimonios se destruyen porque una o ambas partes están centradas en su propia felicidad. Los hombres y las mujeres exitosos son arruinados por su propio éxito, creyendo que no necesitan la aportación de nadie más. Y para algunos, los problemas de la vida se ven magnificados porque creen que la vida se trata de ellos.”

Apenas sin darnos cuenta, malgastamos nuestras vidas persiguiendo tantos sueños falsos (como dice Max Lucado en las páginas de su libro) que hemos dejado escapar la realidad: una vida centrada en Dios. Os aseguro que no tengo ninguna comisión, pero me gustaría recomendaros la lectura de No se trata de mí, para estos días de verano. Pues es una buena manera de reflexionar de forma sencilla (y Lucado es muy asequible en este sentido) sobre aquello que verdaderamente es central para nuestra vidas… la gloria de Dios.

De nuevo en la contraportada del libro se puede leer lo siguiente: “Si quiere elevar su vida de acuerdo a los propósitos de Dios es hora de entender una cosa: ¡La vida tiene sentido cuando aceptamos nuestro lugar! Cuando nuestros placeres, nuestros problemas, nuestros dones y nuestros talentos son usados para Aquél que nos creó, entonces ganamos lo que no teníamos y encontramos lo que estábamos buscando.”

Pero ¿cómo logramos ponernos en nuestro lugar?, ¿cómo pasamos de una vida enfocada en nosotros a una vida totalmente centrada en Dios?, ¿cómo podemos dejar de malgastar nuestras vidas persiguiendo sueños falsos para empezar a vivir de acuerdo a la realidad de una vida centrada en Dios?

En una serie que prediqué en la iglesia sobre el sufrimiento, en base a la Carta de I Pedro, recuerdo que empecé hablando del efecto que el evangelio produce en nuestras vidas como si esto que ocurre fuera algo así como una especie de revolución copérnica, debida a que el Dios creador del universo baja hasta la insignificancia de nuestros pequeños y oscuros universos particulares, donde todo gira alrededor de mí, por mí y para mí…. y trastoca radicalmente la orientación de nuestras vidas, de ser el centro nosotros, a serlo Dios; de tratar de entender todo cuanto acontece en nuestros términos, a sujetarnos a la voluntad expresa de Dios en su Palabra; de la desesperación y el sinsentido abrumador por el sufrimiento en el mundo o en nuestras propias vidas, a la esperanza gloriosa de que por medio del sufrimiento de Cristo todo sufrimiento un día encontrará respuesta en los planes eternos de Dios. Curiosamente (aunque, como decía en la primera parte de esta entrada, con mucho más estilo) Max Lucado también utiliza a Copérnico para ayudarnos a entender el cambio radical que el evangelio supone para nuestras vidas.

En una entrevista concedida a una revista digital de inspiración, espiritualidad y fe llamada beliefnet.com Mac Lucado explica cómo al poco tiempo de empezar la serie de predicaciones que después serían la base de su libro, al principio la gente estaba entusiasmada con la idea que trataba de transmitir “No se trata de mi.” Sin embargo, no pasó mucho tiempo cuando un par o tres de personas le enviaron alguna que otra carta expresando cierta preocupación. Una de estas personas en particular, explica Lucado, un hombre al que él describe como realmente un buen hombre en su iglesia, le decía lo siguiente: “Yo creo que todo se trata de mí.” “Dios me ama, Dios cuida de mí, yo soy el hijo pródigo por el que él envío su hijo a morir por mí.” El mensaje que estaba llegando a oídos de esta persona es que si todo trata acerca de Dios, entonces yo simplemente soy un monigote. ¿Será así? ¿Es de eso de lo que la Biblia nos está hablando cuando una página tras otra el mensaje que leemos es que todo es para la gloria de Dios?

La gloria de Dios es su poder, su capacidad, su valor, su fuerza… por medio de la cual (y sólo por medio de ella) que nosotros podemos ser salvos. Por eso Pablo decía que el evangelio (definido como el anuncio de la gloria de Dios en 2 Corintios 4:4) no es otra cosa sino el poder de Dios para nuestra salvación y ponía todo su empeño y toda su vida en la tarea de proclamarlo. Por lo tanto, enfatizar la gloria de Dios no es contrario al anuncio de las Buenas Nuevas, sino que es precisamente eso… proclamar como el profeta Jonás hizo en su día que la salvación es de Dios. El mismo Dios que, como dice el libro de Hebreos, nos ha hablado de forma definitiva en la persona de Cristo Jesús que es en, por y únicamente a través de quien tenemos salvación. Porque, como el apóstol Juan nos recuerda en su evangelio: “De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su único Hijo para que todo aquél que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Este mismo versículo de Juan, al hablarnos de lo que Dios ha dado, nos recuerda que el evangelio es un don, un regalo inmerecido, que a través de escuchar la Palabra (Romanos 10:17) llega a nuestras vidas y nos rescata de una vida centrada en el yo, para a partir de entonces empezar a vivir centrados en Dios, de manera que a él y solamente a él sea toda la gloria. Para ir acabando con esta reflexión de verano sobre la gloria de Dios, unas líneas de ese otro libro, La sombra del viento… pues me parece que ilustran muy bien el concepto del evangelio como don o regalo que recibimos de forma inmerecida de Dios. Se trata de una escena en la que Daniel Sempere vuelve a casa después de pasar una noche accidentada y se entabla la siguiente conversación entre padre e hijo:

-Me has dado un susto de muerte –no había ira en su voz, ni apenas reproche, sólo cansancio.

-Lo sé. Y lo siento –respondí.

-¿Qué te has hecho en la cara?

-Resbalé en la lluvia y me caí.

-Esa lluvia debía tener un buen derechazo. Ponte algo.

-No es nada. Ni lo noto –mentí-. Lo que necesito es irme a dormir. No me tengo en pié.

-Al menos abre tu regalo antes de irte a la cama –dijo mi padre.

Señaló el paquete envuelto en papel de celofán que había depositado la noche anterior sobre la mesa del comedor. Dudé un instante. Mi padre asintió. Tomé el paquete y lo sopesé. Se lo tendí a mi padre sin abrir.

-Lo mejor es que lo devuelvas. No merezco ningún regalo.

-Los regalos se hacen por gusto del que regala, no por mérito del que recibe –dijo mi padre.

La salvación es un don de Dios que disfrutamos en Cristo; podríamos llamarlo algo así como el beneficio que obtenemos de esta relación desigual que en su bondad y misericordia, Dios decide establecer con nosotros. Pero lejos de gloriarnos o asumir algún mérito en o por nosotros mismos, la gracia de Dios nos lleva a darle toda la gloria a él y, en último término, a reconocerle a él como nuestro verdadero y único bien por encima de cualquier otro beneficio o bien que se derive de conocerle.

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