El “secreto” de la predicación: ¿oración u oratoria?

Uno de los más reputados expertos en Teología Patrística y, más concreto, en la figura de San Agustín, el Dr. Nello Cipriano del Instituto Patrístico Agustinianum de Roma, escribía en una entrevista lo siguiente acerca del Obispo de Hipona:

San Agustín tenía en muy alta consideración la Sagrada Escritura, la consideraba una carta de Dios enviada a los hombres para que puedan conocer el camino de la salvación. Pensaba que era un verdadero don de Dios a los hombres y que, como don de Dios, estaba inspirada por el Espíritu Santo, por lo que podía enseñar lo que es necesario para al salvación sin sombra de error. Precisamente por su naturaleza de don consideraba que era indispensable, para leer y comprender la Sagrada Escritura, una justa disposición interior: dicho con otras palabras, consideraba necesaria la oración. Para los estudiosos del mismo modo que para los demás. Escribe en el De doctrina christiana: «Hemos de advertir a los estudiosos de los Libros santos que no sólo conozcan los géneros de locuciones de la Escritura […], sino también, y esto es lo principal y lo más necesario, que oren para que entiendan (praecipue et maxime orent ut intelligant)» (III, 37, 56). Comprender la Escritura no es solamente el resultado de un estudio científico, como en otras artes, sino que deriva ante todo de ponerse ante la Palabra de Dios con docilidad, con humildad y, repito, en la actitud de quien suplica, de quien invoca.

De lo dicho, podemos concluir que lo que hace la diferencia en la tarea del predicador no es tanto la oratoria, como la oración. Para muestra de esa convicción y énfasis de San Agustín, basta leer el siguiente párrafo que el otro día colgaba Justin Taylor en su blog (Between Two Worlds) bajo el título “Antes de Predicar: Ora

Mientras que el expositor de las Escrituras enseña lo que es bueno, santo y justo (y ninguna otra cosa que no sea esto), debe a su vez promover entre los que le escuchan una actitud inteligente, gustosa y dócil frente a la verdad de la Palabra expuesta. Pero, de conseguirse tal resultado, no será tanto por sus dones de oratoria como por su piedad y su vida de oración. Por lo tanto, antes de mediar palabra alguna, hará bien el predicador  en orar por sí mismo y por aquellos a quienes se dispone a exponer la Palabra. Entonces, una vez llegado el momento de comunicar la Palabra, abrirá la boca para aplacar su sed en Dios, bebiendo de aquello que después tendrá que rebosar y así aprovisionarse él mismo de lo que seguidamente tendrá que distribuir.”

Agustín de Hipona en De Doctrina Christiana

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Una respuesta

  1. Maravillosa cita. “bebiendo de aquello que después tendrá que rebosar”. La predicación por “rebosamiento”, estoy convencido que esa es la que verdaderamente toca los corazones.
    “Mi copa está rebosando”…
    Abrazos

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