Bienaventurados los pacificadores

pacificadores

En 1981 la Asamblea General de la ONU declaró que el día de la apertura de su período ordinario de sesiones en septiembre (desde el 2002 cada 21 de septiembre) sería «proclamado y observado oficialmente como Día Internacional de la Paz, y dedicado a conmemorar y fortalecer los ideales de paz en cada nación y cada pueblo y entre ellos».

En un breve artículo de opinión publicado hoy en El Periódico, Josep María Terricabras i Nogueras (catedrático de filosofía de la Universitat de Girona), reflexionaba sobre el aludido Día de la Paz que, precisamente, se celebró anteayer. De entre otras que dice, una de las cosas que más me ha llamado la atención ya casi al final de su artículo es -en alusión al Institut Català Internacional per la Pau (ICIP)- lo bueno que es “disponer de instituciones de referencia en todos los ámbitos, pero especialmente en aspectos de tanta trascendencia. En el mundo complejo y convulso en el que vivimos, todos debemos ser conscientes de la importancia de generar dinámicas de paz.”

Generar dinámicas de paz… La paz, no es algo que ocurre o que, accidentalmente, sobrevenga. La paz, nos recuerda Terricabras, no se consigue sólo con buenas palabras. Para disfrutar de ella hay que estar dispuesto a luchar, a esforzarnos y trabajar por ella. La paz se construye a base de generar dinámicas de paz. Esta es, precisamente, la actitud que el mismo Jesús bendecía al inicio de su famoso discurso del monte al dejarnos las bienaventuranzas, siendo la séptima de ellas la que declara: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

De acuerdo a Terricabras, “[no] solo la guerra, también la intolerancia, el dogmatismo, la explotación y la injusticia, la falta de libertad y de diálogo son enemigos de la paz. A la paz se llega cuando se superan esas barreras.” Pero de acuerdo al testimonio de las Escrituras, ni en nosotros ni por nosotros mismos jamás seremos capaces de superar definitivamente las muchas barreras que nos separan; pues aún cuando no las haya o, momentáneamente hayamos conseguido superarlas, somos perfectos expertos en crear nuevas barreras y divisiones.  Y lo que es una triste realidad en el plano de las relaciones humanas, la Biblia nos lo confirma como una terrible realidad en cuanto a nuestra relación con Dios, a causa de nuestro pecado.

La buena noticia del evangelio, sin embargo, anuncia la reconciliación (la única posible) que Dios nos ofrece en y por medio de Cristo, tal y como el apóstol Pablo afirma en Efesios 2:11-22 presentándonos a Jesús como “nuestra paz” (v. 13). En otra ocasión el mismo Jesús dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27). Esta paz de Jesús es mucho más profunda que una simple ausencia de guerra como el mundo propone. Es la Paz que ni el terrorismo, con sus bombas, sus amenazas y sus crímenes cobardes, ni la más grande de las injusticias jamás podrán perturbar. Se trata de una paz que, lejos de ser impuesta, se manifiesta como el fruto de un delicado proceso de transformación.

La paz de Dios no busca cambiar solamente las apariencias y lo meramente superficial; su objetivo es lograr una paz interior. En lo más profundo del ser humano. Paz con Dios, paz con el prójimo y paz con uno mismo. Porque, en la medida que nuestras vidas son ordenadas según a la voluntad de Dios, que se manifiesta en amor, es sólo entonces cuando nuestras relaciones humanas ven el orden lógico que les corresponde.

Los discípulos de Jesús son los “mansos” de Mateo 5:5, y serán éstos quienes heredaran el reino de los cielos. Los medios siempre deben ajustarse al fin que se persigue. De manera que si nuestro mensaje es la paz, entonces seremos hombres y mujeres que además de predicar trataremos de vivir, ajustándonos a las bienaventuranzas, como pacificadores. Curiosamente, el término en inglés es más preciso y cercano al original griego “pacemaker”… es decir, el que hace, construye o trabaja la paz; tal y como Terricabra nos propone en su artículo al concluir su reflexión recordándonos lo mucho que nos conviene que la paz no sea sólo una especie de lema conmemorativo, “una flor de un solo día, sino [nuestra] ocupación constante.” ¿Cómo podemos los cristianos contribuir para la construcción de una cultura de paz? ¿Es acaso es nuestra tarea? ¿Por qué sí?  ¿Por qué no?

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