¿Punto de equilibrio o tensión vital?

TENSIÓNHace unos tres años asístí a unas conferencias en las que el ponente, el pastor israelí Baruch Maoz, dijo entre otras muchas cosas interesantes algo parecido a lo siguiente:

A veces nos empeñamos en encontrar el punto medio de las cosas, sin darnos cuenta que ello significa (sirva por ejemplo una tabla) dar con el punto exacto sobre el que la tabla queda completamente equilibrada… sin ladearse a un lado o a otro. Sin embargo, sería mejor buscar el punto de tensión vital, donde la tabla a veces se ladea un poco hacia la derecha… otras veces a la izquierda. Ésa es una situación mejor que la del perfecto equilibrio (donde no hay movimiento), porque lo que buscamos es la tensión vital que, precisamente, nos permita movernos (sin encorsetamientos) a veces en una dirección y a veces en otra.”

La semana pasada tuve el privilegio de asistir al campamento de inicio del curso de los GBU de Barcelona. Desde aquí, quiero dar las gracias a los responsables de este ministerio con los jóvenes universitarios de nuestras iglesias, por la formación con la que les equipan, el cuidado y la pastoral que proveen y, como no, por la labor evangelística al resto de la comunidad universitaria.

El tema sobre el que pudimos reflexionar durante el día y medio que pasé con los estudiantes fue (muy apropiado para el inicio de un nuevo curso) “la mayordomía integral.” Pero no es acerca de la mayordomía que escribo en esta entrada… tal vez en otra ocasión. Por hoy, lo que quisiera compartir es algo sobre lo que estuve hablando, mientras comíamos, con un grupo de estudiantes en el campamento antes mencionado.

La conversación giraba en torno a la iglesia y las distintas denominaciones, los distintos énfasis doctrinales, las diferentes prácticas y otros tantos temas afines sobre la identidad, misión y razón de ser de la iglesia. Aunque no demasiado extensa, la conversación (para mí fue más escuchar que otra cosa) fue muy interesante. Y dado el carácter interdenominacional de los GBU, allí se encontraban jóvenes de diferentes iglesias y tradiciones evangélicas.

En un momento dado, mientras hablábamos sobre la “necesidad o conveniencia” de nuevas iglesias en la ciudad de Barcelona, de repente dos cosas quedaron muy claras: (1) la necesidad de más colaboración y entendimiento entre las iglesias ya existentes y (2) en caso de que se iniciara algo “nuevo”, lo que a muchos jóvenes les gustaría ver (alguno de ellos “confesaron” estar en una especie de peregrinaje sin un lugar, sin una iglesia que pudieran llamar suya o sentirla como propia) es una iglesia evangélica sin apellidos denominacionales –ni compromisos a determinadas posturas o estructuras que a muchos se les antojan inmovilistas y de visión más bien limitada y limitadora.

Mucho tema para una sobremesa de apenas 20 minutos entrecortados con un “pásame el agua” o “pásame el pan”… Pero, sin duda, un tema cada vez más recurrente en nuestros círculos; cuando vamos oyendo cada vez más de los llamados “cristianos sin iglesia”, que parecen no encajar en ningún lugar, que salen “centrifugados” de nuestras iglesias más tradicionales, pero que tampoco están por versiones “emergentes” de un cristianismo que pretende ya no la renovación, sino la re-invención de la fe.

El “buen rollo” que se experimenta en unos campamentos o en un ministerio de jóvenes que provienen de diferentes iglesias, sin disputas o imposiciones denominacionales; al contrario, trabajando bajo un mismo paraguas y con un mismo propósito de alcanzar con el evangelio a compañeros y compañeras de estudio, es algo que ilusiona y estimula incluso a quienes están desilusionados con la iglesia, pero no con Cristo y su mensaje de salvación y transformación. ¿Pero es posible una cosa sin la otra?

Hace unos cuantos días escribí una entrada en la que (hacia el final de la misma) reflexionaba sobre unas conferencias a las que fui invitado por la iglesia de Redeemer. El último día de las conferencias, el pastor Tim Keller, habló sobre las diferencias entre una organización y un organismo, identificando a la iglesia claramente con lo último pero sin dejar de reconocer la realidad de que muchas de nuestras iglesias acaban adoptando aspectos organizativos –cuando no llegando a ser en sí mismas, o como denominación, organizaciones en toda regla. Esto, concluía Keller, en sí mismo no es malo ni negativo, siempre y cuando no dejemos de vernos y actuar en consecuencia no tanto como si lo que nos define sea la organización, sino más bien el carácter de organismo vivo que somos y hemos sido llamados a ser en Cristo. Sólo bajo esta perspectiva seremos entonces capaces de cooperar y trabajar unos con otros, con un verdadero espíritu católico, en verdadera unidad a pesar de nuestras (muchas o pocas) diferencias de énfasis doctrinal o acentos que nos distinguen en las formas y en las maneras.

Pero, para tratar de mantener la necesaria tensión vital a la que hacía alusión al principio de esta entrada, os animo a leer el artículo que el pastor Sugel Michelen escribe en su blog al contestar a la siguiente pregunta: ¿Es totalmente negativo que las iglesias cristianas estén divididas en denominaciones y congregaciones independientes? ¿Qué opinas?

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