¿Palabra de honor?

Pinocho

Todos conocemos o en alguna ocasión hemos utilizado la expresión: “palabra de honor” o “te doy mi palabra.” Pero, ¿qué es lo que queremos transmitir con todas esas palabras? En principio, la palabra es nuestro honor, en ella empeñamos nuestra reputación nuestro buen nombre, nosotros mismos (deja de pagar las letras de una deuda y ya verás qué pasa). La palabra nos avala. Sigue leyendo

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Tres clases de personas

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En una entrada anterior (tres caminos), Tim Keller citaba un ensayo -casi desconocido- de C.S. Lewis titulado Tres clases de personas. En el siguiente párrafo puedes leer un poco acerca de esta manera en la que -a la luz del evangelio- Lewis y otros autores cristianos han clasificado a la humanidad.

 

En el mundo existen tres tipos de personas. La primera clase son aquellos que sencillamente viven para sí mismos, tratando al ser humano y a la naturaleza como simple materia que puede ser usada según la conveniencia de cada cual.

En el segundo grupo se encuentran aquellos que reconocen una demanda o principio de autoridad por encima de sí mismos – la voluntad de Dios, un imperativo categórico o el bien de la sociedad- y con toda honestidad tratan de no seguir sus propios intereses más allá de lo que les permita ese principio de autoridad. Tratan de cumplir en su totalidad con la ley de esa demanda como si estuviesen pagando impuestos, pero en realidad desean (como todo pagador de impuestos) que les quede lo suficiente para poder ir tirando. Sus vidas se encuentran divididas en dos como lo están las vidas de un militar o de un colegial; el uno,  cuando desfila o cuando no desfila, el otro cuando está en la escuela o cuando no está en la escuela.  

Por último, la tercera clase de gente son aquellos que pueden decir con el apóstol Pablo que para ellos “el vivir es Cristo”. Estas personas se han quitado de encima  la penosa tarea de vivir tratando de compensar el reclamo rival que existe entre el ego y Dios, simplemente, rechazando de plano las exigencias de su propio ego. Así, la vieja tendencia egoísta de la voluntad es reorientada hacia una nueva dirección y recreada en algo completamente nuevo. Para estas personas, la voluntad de Cristo deja de ser percibida como una limitación a la voluntad personal, y pasa a ser vivida como si fuera propia.”

 

* Traducido de dogmadoxa.blogspot.com 

¿Es el cristianismo fácil o difícil?

La idea común que todos tenemos antes de convertirnos en cristianos es ésta. Tomamos como punto de partida nuestro yo ordinario con sus varios deseos e intereses. Luego admitimos que algo más –llámese “moralidad” o “comportamiento decente” o “el bien de la sociedad”- le hace reclamos a este yo: reclamos que interfieren con sus propios deseos. Lo que entendemos por “ser buenos” es someternos a estos reclamos. Algunas de las cosas que el yo ordinario quería hacer resultan ser lo que llamamos “malas”; pues bien, debemos renunciar a ellas. Otras cosas, que el yo no quería hacer, resulta ser lo que llamamos “buenas”; pues bien, tendremos que hacerlas. Pero en todo momento tenemos la esperanza de que cuando todas las exigencias han sido satisfechas, el pobre yo ordinario aún tendrá una oportunidad, y un poco de tiempo, de seguir con su vida y con lo que le gusta. De hecho, nos parecemos bastante a un hombre honrado que paga sus impuestos. Los paga, ciertamente, pero tiene la esperanza de que aún le quede un poco de dinero para vivir. Porque aún seguimos tomando nuestro yo ordinario como punto de partida.

(…)

El camino cristiano es diferente: más difícil, y más fácil. Cristo dice: dádmelo todo. Yo no quiero tanto de vuestro tiempo o tanto de vuestro dinero o tanto de vuestro trabajo: os quiero a vosotros. Yo no he venido a atormentar vuestro ser natural, sino a acabar con él… entregadme por entero vuestro ser natural, todos los deseos que creéis inocentes además de aquellos que creéis malos: lo quiero todo. Y a cambio os daré un nuevo yo. De hecho me daré a Mí mismo: mi propia voluntad se convertirá en la vuestra.

C.S. Lewis. Mero Cristianismo.