Opino, luego blog-existo

Web 2.0Según los expertos, la era en la que nos ha tocado vivir es la de la postmodernidad y si hay un concepto que sobresale sobre todos los demás cuando queremos definir la postmodernidad, sin duda ese concepto es el relativismo. Según el relativismo, no hay verdad absoluta (aunque la afirmación de por sí sea toda una contradicción… pues decir que no hay verdad absoluta, es de hecho hacer una afirmación absoluta). Es como ese famoso eslogan de Mayo del 68: “Prohibido Prohibir.” Pero no importa, pues  a pesar de la evidente contradicción, si hay algo especialmente característico del hombre y de la mujer postmodernos es que se mueven como pez en el agua en medio de las contradicciones más aparentes sin que esto les cause la más mínima conmoción. Y esto es así, por el marcado individualismo de la sociedad en la que vivimos. Sigue leyendo

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Samuel Escobar: sobre cómo y por qué evangelizar

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Se ha despertado en el mundo una nueva sensibilidad hacia las realidades espirituales. Una nota de la cultura postmoderna es el renacer de la religiosidad. El racionalismo que se cerraba a la posibilidad de una vida espiritual o de un milagro ha caído en descrédito. Un creciente número de seres humanos hoy, especialmente jóvenes, no tienen vergüenza de creer y de aceptar que viven por la fe. En este nuevo siglo veintiuno la experiencia religiosa se vive sin inhibiciones. Sigue leyendo

Pró-logo

En esta entrada, las palabras de introducción que José de Segovia escribe en el Cuaderno de Evangelización que este año publica la Alianza Evangélica Española, escrito por Jaime Fernández, y que lleva por título “Pre-evangelización: Ideas y reflexiones para el trabajo evangelístico.” Sigue leyendo

De la relatividad al relativismo

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Sigue este enlace para leer un pequeño gran artículo de la pluma de nuestro amigo Sugel Michelén. Advertencia: “derriba argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios.” Gracias Sugel por esta breve reflexión; no tiene desperdicio.

6 Retos para el predicador del s.XXI

Donald A. Carson

Para aquellos que leéis inglés, os interesará echar un vistazo al siguiente artículo de D. A. Carson. “Challenges for 21st-Century Preaching.”Preaching 23:6 (Mayo–Junio 2008): 20–24.

La introducción

He visitado muchas partes del mundo en las que los retos del s. XXI para el púlpito se presentan de formas muy diferentes. Por lo tanto, el propósito de este escrito es bastante modesto: estimular el pensamiento que ayude a otros a dar cuerpo a la siguiente lista, modificándola según sea necesario de acuerdo a la diferente cultura de cada situación local. 

Los retos que Carson propone:

1.        Multiculturalismo

2.        Analfabetismo bíblico en alza

3.        Una epistemología cambiante (¿cómo sabemos que realmente sabemos lo                 que creemos saber?)

4.        Integración (racial, social…)

5.        Velocidad de cambio

6.        La tarea de ser modelos y mentores (ejemplos a seguir)

La conclusión final

Estas cosas no pueden ser ignoradas por los predicadores, ya que su tarea les  sitúa precisamente entre el Dios que habla y el pueblo que escucha –las personas no son algo que podamos ignorar como un cero a la izquierda, sino hombres y mujeres ubicados en un contexto cultural concreto, que deben ser interpelados desde allí donde se encuentran; aún cuando lo que esperamos y oramos es que no permanezcan allí donde están, sino que por la gracia de Dios empiecen a caminar en los caminos del Rey, el camino angosto que conduce a la vida.

Nuestra motivación al tratar de entender y dirigirnos a los hombres y a las mujeres del s. XXI no es tanto la de domesticar el evangelio a base de ir amoldándonos a lo que van indicando los distintos análisis culturales, sino más bien actuar en consecuencia y de forma efectiva como embajadores del Rey cuya Palabra anunciamos. Llegará el día que los reinos de este mundo pasarán a ser el reino de nuestro Dios y de su Cristo, y él reinará por los siglos de los siglos (Apocalipsis 11:15). Es precisamente por esto, debido a que estamos anclados en la eternidad, que tenemos la misma determinación de Pablo al dirigirnos a hombres y mujeres que un día deberán presentarse ante su Dios.

Leer artículo entero aquí.

* Fuente Andi Naselli  por gentileza de Collin Adams

¿Qué podemos aprender de un ateo? (II)

Uno de los slogans de nuestro tiempo es el que resume la siguiente frase: “no hay verdades absolutas”, que trasladado (o mejor dicho traducido) al tema de la lengua o de la palabra, vendria a decir algo así como que “no hay definiciones absolutas.” Es decir, que las palabras no tienen un único significado, pues en último término somos nosotros… desde nuestra limitación, quienes las llenamos de significado (el que queremos o el que más nos convenga).

Hace un par de semanas escribí lo siguiente en uno de los comentarios a la entrada ¿Qué podemos aprender de un ateo?A Sócrates se le atribuye la frase “sólo sé que no sé nada”, frase que podría ser perfectamente traducida como “sólo sé a través de no saber”. Aunque dicha con cierta ironía, la frase en sí no deja de expresar una verdad que aquél sabio de la antiguedad no podía eludir: desde nuestra limitada condición no podemos afirmar tener un conocimiento pleno de las cosas y es sólo en la medida que somos capaces de reconocerlo que entonces podemos empezar a aprender … a través de no saber. Sigue leyendo

Hablando de idolatría en una era postmoderna, II

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Segunda y última parte del artículo de Tim Keller acerca del concepto de idolatría y su aplicación a nuestro tiempo.

Por ejemplo, imaginemos que una persona engaña con sus impuestos. ¿Por qué lo hace? Bueno, dices, porque es un pecador. Sí, pero, ¿por qué el pecado toma esa forma? La respuesta de Lutero sería que el hombre sólo engaña porque está haciendo del dinero y las posesiones –y el estatus y la comodidad de tener más- algo más importante que Dios y su favor. O digamos que una persona miente a un amigo en vez de perder su prestigio delante de él por algo que ha hecho. En este caso, el pecado subyacente es hacer de la aprobación humana o de la reputación algo más importante que la justicia que tienes en Cristo. La Biblia, por tanto, no considera la idolatría como un pecado entre muchos (y un pecado extraño que solo se encuentra en gente primitiva) En vez de eso, todos nuestros fracasos en confiar plenamente en Dios o vivir de manera justa tienen como raíz la idolatría –algo que hacemos a lo que damos más importancia que a Dios. Siempre hay alguna razón para cometer un pecado. Bajo nuestros pecados se esconden deseos idólatras.

La idolatría en la cultura postmoderna:

La enseñanza bíblica acerca de la idolatría es de mucha ayuda para la evangelización en un contexto postmoderno. La forma típica en la que los cristianos definen el pecado es desobedecer la ley de Dios. Está claro que explicado de forma adecuada esa es una definición correcta y suficiente. Pero la ley de Dios incluye tanto pecados de omisión como de acción, e incluye tanto las actitudes de nuestro corazón como nuestra conducta. Esas actitudes incorrectas son normalmente deseos y motivaciones desenfocados –formas de idolatría. Sin embargo, cuanto más nos oigan nuestros oyentes definir el pecado como “desobedecer la ley de Dios”, todo el énfasis en sus mentes recae sobre lo negativo (pecados de acción) y en lo externo (comportamiento en vez de actitudes) Por lo tanto hay razones importantes que nos indican que “desobedecer la ley” no es la mejor manera de definir el pecado para los oyentes postmodernos. Normalmente empiezo a hablar del pecado a un no cristiano joven y urbano de esta manera:

El pecado no es sólo hacer cosas incorrectas, es fundamentalmente convertir cosas buenas en sí mismas en lo más importante. El pecado es construir tu vida y tu significado en cualquier cosa, incluso cosas buenas, en vez de en Dios. Aquello sobre lo que construimos nuestra vida nos va a conducir y nos esclavizará. El pecado es sobretodo idolatría.

¿Por qué es ésta la mejor forma? Primero, esta definición de pecado incluye a un grupo de gente al que los postmodernos conocen muy bien. La gente postmoderna cree de forma acertada que muchos males han sido llevados a cabo por gente religiosa con pretensiones de superioridad moral. Si decimos “el pecado es desobedecer la ley de Dios” sin un buen trabajo explicativo, parece que la gente “farisea” que han conocido tienen la aprobación de Dios y la mayor parte de la otra gente no. Está claro que los fariseos son bastante exigentes en su obediencia a la ley moral, y por tanto (para el oyente) parecen ser la verdadera esencia de lo que debería ser un cristiano. Un énfasis en la idolatría acaba con este problema. Como Lutero señala, los fariseos, aunque no reverencian a ídolos literales, están mirando a sí mismos y a su bondad moral para conseguir su justificación, y por lo tanto están desobedeciendo el primer mandamiento. Su moralidad era una motivación auto-justificadora y por lo tanto patológica espiritualmente. En el centro de toda su obediencia a la ley estaban en realidad rompiendo las más fundamentales de todas las leyes. Cuando damos definiciones y descripciones del pecado a la gente postmoderna, lo debemos hacer de manera que no sólo rete a las prostitutas a cambiar, sino también a los “fariseos”.

Hay otra razón por la que necesitamos una definición diferente del pecado para la gente postmoderna. Los postmodernos son relativistas, y en el momento que dices, “Pecado es romper los estándares morales de Dios”, ellos contestarán, “Bueno, ¿pero quién dice qué estándares morales son los correctos?¡Cada persona tiene los suyos! ¿Qué hace pensar a los cristianos que los suyos son los únicos estándares morales correctos?” La forma habitual de responder a esto es desviar el tema desde la presentación del pecado y de la gracia hacia una discusión apologética sobre el relativismo. Está claro que la gente postmoderna debe ser desafiada en su idea demasiado blanda de la verdad, pero creo que hay una manera de seguir hacia delante y realmente hacer una presentación creíble y convincente del Evangelio antes de meternos en temas de apologética. Yo lo hago así, cojo una página del libro de Soren Kierkegaard, La enfermedad mortal, y defino el pecado como construir tu identidad -tu autoestima y felicidad –en cualquier cosa que no sea Dios. En vez de decirles que están pecando porque duermen con sus novias o novios, les digo que están pecando porque están mirando a sus carreras y relaciones para que los salven, para que les den todo lo que deberían buscar en Dios. Esta idolatría lleva a la desorientación, a adicciones, ansiedad severa, obsesión, envidia de los demás, y resentimiento. Me he dado cuenta de que cuando describes sus vidas en términos de idolatría, la gente postmoderna no ofrece mucha resistencia. Dudan de que exista alguna alternativa a este estilo de vida, pero admiten tímidamente que eso es lo que están haciendo. También me he dado cuenta de que eso hace el pecado algo más personal. Convertir a algo en un ídolo significa darle el amor que deberías estar dándole a tu Creador y Sustentador. Describir el pecado no sólo como la violación de la ley sino también como amor es más convincente. Naturalmente que una descripción completa del pecado y de la gracia incluye reconocer nuestra rebelión contra la autoridad de Dios. Pero me he dado cuenta de que si la gente es convencida de que su pecado es básicamente idolatría y amor mal orientado, es más fácil mostrarles que uno de los efectos del pecado es no querer reconocer su hostilidad hacia Dios. De alguna forma, la idolatría es como la adicción pero a escala mayor. Estamos atrapados por nuestros ídolos espirituales tal como la gente está atrapada por la bebida y la droga. Vivimos sin reconocer hasta qué punto llega nuestra rebelión contra el gobierno de Dios tal como los adictos viven en la negación de hasta qué punto están pisoteando a sus familias y seres queridos.

El tema bíblico de la idolatría tiene muchas más implicaciones para el ministerio en una sociedad postmoderna que lo que hemos discutido. No sólo es una clave para el evangelismo, también es crucial para el discipulado y la consejería, como David Powlison ha mostrado en sus muchos escritos sobre el tema. (Ver su accesible ensayo “Idols of the Heart and Vanity Fair”, disponible en varios sitios web )

Los calvinistas holandeses han mostrado que la mejor manera de analizar las culturas es identificando sus ídolos colectivos. De hecho, cada campo de trabajo y de estudio tiene sus ídolos dominantes, como los tienen los partidos políticos y las ideologías. Mientras las sociedades seculares convierten en ídolo a la razón humana, otras sociedades más tradicionales convierten en ídolo a la familia o a la pureza racial. En sus recientes memorias, Easter Everywhere (memoir), Darcey Steinke nos cuenta cómo ella, la hija de un ministro luterano, dejó su profesión de fe cristiana. Trasladándose a New York entró en una vida en la que iba de club en club y vivía marcada por la obsesión sexual. Escribió varias novelas. Sin embargo, continuó sintioéndose extremadamente inquieta y vacía. En la mitad del libro cita a Simone Weil resumiendo el tema más importante en su vida: “uno tiene que escoger entre Dios y la idolatría”, escribió Weil. “Si uno niega a Dios… está adorando a algunas otras cosas de este mundo en la creencia de que uno las ve como simplemente eso, pero de hecho, aunque sin ser consciente de ello, imaginando los atributos de la Divinidad en ellas” Stephen Metcalf, escribiendo una reseña de la memorias en el New York Times llama a la cita de Weil “extraordinaria” Esto da testimonio de lo penetrante que puede ser el concepto de idolatría para la gente postmoderna.

Parte 1